Cuento
Mauricio Serrano Bovio
Reviso los mails y abro la respuesta de la maquiladora a mi solicitud de trabajo: Antonio, agradecemos el interés por la posición de ingeniero. Revisamos tu aplicación cuidadosamente y te informamos que decidimos continuar con otros candidatos. Cierro el mail y lo guardo en la carpeta de Rechazos. ¿Qué le hace una raya más al tigre? Antes llevaba la cuenta, dejé de contarlos por salud mental.
Despierto a mamá, la ayudo asentarse en la silla de ruedas, la llevo al baño y después a la mesa. Termina el desayuno, le doy sus pastillas y ve mis uñas: esas garras están grandes. La acuesto, me alisto para ir al Seguro a recoger las recetas mensuales.
Me toca rojo en la esquina de la tienda. La Chola discute con un Don sacado de onda, bajo la ventana y los escucho: te gusto o qué. Déjame pasar, no quiero bronca contigo. La Chola es delgado, de barba y bigote. Viste short con playera, y encima ropa interior de mujer. Esconde el puño derecho atrás de la espalda, sueno el claxon, muestro los dientes y arrugo la nariz, la chola le baja a su pedo y el señor le saca la vuelta.
Dejo la camioneta en el boulevard, un kilómetro en subida me sirve de ejercicio. La gente de antes construyeron una primaria, una secundaria, una preparatoria, una universidad, oficinas, laboratorios de salud y hospitales en la misma área. Nunca imaginaron tantos pinches carros estacionados en la zona.
Los puestos de vendimias y las motocicletas tienen secuestradas las banquetas, me salen al paso dos lavacoches: eh, Tigre, una moneda pala María. De por sí, el calor me pone de malas, ni aguantan nada los culos.
Cuarenta minutos de fila para recoger las recetas y una discusión pendeja para explicar porque tienen que corregir las recetas, tengo erizados los pelos de la desesperación, ¿cómo es posible que desconozcan el sistema?
Minutos infinitos para llegar a la farmacia. De cinco medicamentos, no hay ninguno, son tres meses de escuchar la misma cantaleta: no tenemos la culpa. Puedes quejarte al fondo a la izquierda. Mi voz cortada por mis soplidos alcanza a decir: ¿y si fueran para tu mamá?
Chinga tu madre, es lo último que recuerdo. La sangre caliente escurriendo por mi hocico, los anaqueles tirados, vidrios en el piso, indican que ataqué a la empleada ineficiente. La gente grita: corre, vete.
Mi castigo fue recluirme en el zoológico, tengo bastante espacio y me dan de comer ternera recién sacrificada. Los niños me admiran y si quiero impresionarlos rujo fuerte, eso les gusta.
Puedo soportar el encierro y olvidarme de la ciudad, de sus carencias, de sus miserias. ¿Pero quién estará cuidando a mi madre?